La peineta calada
La peineta calada –¡Ah! seña Caridad, no me venga usted tentando, porque aunque no fuera más que por hacerle un mal tercio a Andrés me prestarÃa a servirla. No obstante, estoy desengañado que Rosario no me ha de querer. Conque porque le di de palos a su amante está contra mÃ, como una furia… Vea usted, yo le di por porfiado, por sinvergüenza. PretendÃa hacer creer a la gente que yo era un ladrón de peineta, cuando mi ánimo no fue otro que quitársela a Rosario para que no fuera al baile aquella noche donde supe que iba a verse con Andrés.
–Al fin, don Liborio, ¿me sirve usted o no me sirve? Mire, le prometo que Rosario hará las paces con usted; eso en primeras, en segundas, me comprometo a que dentro de seis dÃas ella aborrecerá a Andrés y lo pondrá a usted en su lugar.
–Mucho promete usted y a mucho más se compromete; sin embargo, no quiero que se diga en ningún tiempo que por mi culpa se dejó de hacer una cosa tan razonable como es vengar a una mujer de los agravios de un hombre. Soy de usted. DÃgame lo que se ha de hacer y verá quién es Liborio Mellado. Pero tenga usted presente que si luego salimos con el sueño del gato, no serán ustedes las que se queden riendo de mÃ, no. A usted y a Rosario les doy una paliza, que la van a contar al otro mundo.