La peineta calada
La peineta calada Era casi imposible que Andrés, media hora escasa después de la escena acalorada que le había pasado con la Valdés en la plazuela, se recobrara completamente y entrase en su casa tranquilo, despejado, alegre. Dolores, para mayor desgracia, ya harto recelosa y picada, le recibió con aquella frialdad, con aquella indiferencia que hiere más que el desprecio mismo; por consiguiente, su confusión creció en lugar de menguarse y a su vez picado, ofendido, quiso pagar con la propia moneda, devolviendo indiferencia por indiferencia, frialdad por frialdad. Desde entonces huyó del corazón de los esposos la confianza de tales y aunque por respeto a doña Margarita disimulasen cuanto podían sus particulares resentimientos, como por amor propio rehuyesen toda explicación franca y detenida, de día en día iban creciendo el disgusto y el agravio de ambos.
Por una fatalidad inconcebible arrojaba Dolores a su marido en los brazos de Rosario.