La peineta calada
La peineta calada Al siguiente día, como había prometido a ésta, la Chirinos se presentó en la peinetería de don Isidro llevando la peineta rota, para que Andrés se la soldase y compusiera. Dio la casualidad que aquél no se hallaba a la sazón en casa y como en sus ausencias el marido de Dolores hacía sus veces, viose en el caso de recibir a la vieja y tratar con ella acerca de su pretensión, por cierto inesperada y extraña: oyóla, no obstante, el oficial de peinetero con mucha amabilidad y aunque reconoció la peineta por ser la misma que él un mes antes había regalado a Rosario, no se dio por entendido de ello, al contrario, recelando que la vieja con aquella ocasión buscaba hablarle de su hija, apresuróse a cerrar con ella el trato de la soldadura y a despacharla con achaque de sus grandes ocupaciones. Y como para que no lo importunara con otra visita al establecimiento, le dijo:
–Mañana por la tarde puede usted mandar por la peineta, que ya estará compuesta. Si no estuviera yo en la casa, pídasela a cualquiera de los oficiales, pues para ese caso la dejaré encomendada.
–Yo misma vendré por ella, no sea que la roben otra vez, si mando al muchacho.