La peineta calada
La peineta calada Era muy natural que Andrés preguntara entonces del modo como había sido hallada la peineta, pues absolutamente sabía nada en el particular y acaso por eso la Chirinos recordó el robo; pero se llevó chasco, porque sólo dijo:
–Bien, bien, como usted guste, seña Caridad.
–¡Ah! –agregó ella, cual si de pronto se le ocurriese–, hágame usted el favor de que no le dejen de poner punta a la flechita y piquitos a las palomas, pues están rotas. Yo hubiera llevado esta peineta a componer a otra peinetería más cerca de casa, pero como usted fue el que la hizo, calculé que nadie mejor que usted sabría componerla.
–En efecto, pierda usted todo cuidado, que quedará la peineta como si tal rotura hubiera tenido nunca.
–Yo le suplicaría también –continuó la vieja con risita falsa– que después de compuesta, me la mandara o me la dejara usted mismo en casa al pasar, mas no me atrevo, porque parece que nosotras le hemos echado los perros, siendo así que ni gatos tenemos.
Disculpóse Andrés como pudo de la indirecta si bien justa queja de seña Caridad y ésta se marchó en la apariencia muy satisfecha y complacida.