La peineta calada

La peineta calada

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Cosa de las once del mismo día en que la Chirinos estuvo en la peinetería de don Isidro, el "revendedor de ropa", don Liborio, con varias piezas de género sobre el brazo derecho, que le servía de percha, una cajita de cartón bajo el izquierdo y su vara de medir, subió las escaleras de la casa de doña Margarita y metiendo la cara por entre las barras de la ventana, dijo:

–¿Quieren algo por acá, señoritas?

–No –contestó secamente Dolores, que en un extremo de la sala estaba fabricando flores en unión de la madre.

–Llevo cosas muy nuevas, muy bonitas y muy baratas –prosiguió el hombre, entrando en la sala, cual si no hubiera oído la anterior negativa.

–¿No le hemos dicho que no queremos nada hoy? –añadió la misma Dolores.

–¿Pero tampoco desean ver las preciosidades que traigo? –preguntó el vendedor sin dejar de adelantarse.

–No –replicó entonces doña Margarita–. Estamos muy ocupadas. Vuelva usted otro día.

–Es que nada se pierde ni se paga por ver, señoritas. Parece que como hace algún tiempo que no vengo por acá se han peleado ustedes conmigo. Espero que pronto haremos otra vez las amistades; y sepan ustedes, señoritas, que aunque no venda ni una vara de cinta, me gusta enseñar a mis parroquianos los géneros que traigo.


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