La peineta calada

La peineta calada

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–¿Y qué es lo que trae usted de nuevo? –dijo al fin Dolores viendo la petulancia del vendedor–. Vamos, veamos.

–¡Oh! ¡Muchas cosas! –exclamó acercando una mesita que había por allí, sobre la cual depositó en orden las piezas de género, la caja de cartón y la vara de medir–. Vean ustedes, vean ustedes –dijo luego con aire amable–: muselina de Virginia, la que voló en el globo porque estaba falto de gas, espumilla de Roberson, el que voló; pañuelos de la plaza de toros, cortes de túnico de yocó llamados del viralosa; mantones de Tondá…

–¿Y en esa cajita, qué trae usted? –interrumpió Dolores, cuya curiosidad era grande, mientras su madre con las gafas caladas examinaba los géneros que el vendedor de improviso había bautizado con peregrinos nombres.

–En esta cajita –dijo don Liborio, suspendiéndola hasta la altura de su cara–, en esta cajita, ¡oh! se encierran muchas preciosidades. Solamente a usted se las enseñaré –agregó luego con aire de misterio acercándose al oído de Dolores–, porque yo sé que usted es persona de gusto y que lo entiende. »¡Vea usted, vea usted! Aretes de filigrana, sortijas, alfileres de camafeo, dedales de oro y plata, todo labrado al fuego, a la última moda, exquisito, superior.


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