La peineta calada
La peineta calada –¿Y entre esos algodones qué hay envuelto? –interrumpió otra vez Dolores al locuaz vendedor.
–¡Oh! –exclamó él–. En estos algodones está oculta la obra más perfecta que ha salido de las manos de los hombres, no lo dude usted. Mire usted y muérase de gusto.
Levantó don Liborio los algodones y ofreció a las curiosas miradas de la joven una linda peineta de carey, de las dichas de caracol, con primorosos calados.
–Yo tengo una semejante –dijo ella quitándose la suya.
–SÃ, pero nunca puede ser como ésta –repuso entusiasmado el vendedor–. ¡Mire usted qué flecha! parece de verdad, verdad, ¡qué palomitas! parecen vivas; ¡qué hoja de parra! parecen que menean con el aire; ¡qué corazón! parece de gente,
–El mes pasado –añadió Dolores con naturalidad–, aquÃ, debajo del balcón de esta casa, le robaron su peineta a una muchacha que iba con su madre para un baile. Según las señas que nos dieron en nada se diferenciaba de esa que usted trae.
–No lo dudo –contestó don Liborio sin ofenderse, ni inmutarse–, no lo dudo, porque esta peineta ha sido hecha en la propia peineterÃa donde se hizo la que le robaron a Rosario Valdés; que sin duda es la persona de que usted me habla.