La peineta calada
La peineta calada Nuestras dos mujeres azotadas por el viento y murmurando entre sí traían la calle de las Damas, que es sabido se halla interrumpida en el convento de Santa Clara. Rosarito, que se había adelantado mucho, dobló la esquina, cuando la vieja venía a media calle y entonces un hombre, que bajaba por la de Luz y vestía pantalón y chupa de lienzo, acercándosele con familiaridad, le arrojó a la cara los tiestos de una peineta de carey, y le dijo:
–¿Pensaste, mujer falsa, que yo era un ratero que vivía de esas rapiñas? Te engañaste. Ahí tienes tu querida prenda. He tenido el placer de que no fueras con ella al baile. ¿No te anuncié que iba a aguarte las esperanzas de verlo y bailar con él? Esta es otra prueba de que yo sé cumplir lo que ofrezco.
–¿Tú quieres ver como no te sales con tu gusto? –replicó airada la joven, mirando faz a faz a su interlocutor, y sin hacer caso de los pedazos de la peineta que cayeron a sus pies.
–Sí, yo lo quiero ver –añadió el desconocido precipitadamente, y en tono exaltado.
–Pues me iba para casa, y ya no voy, sino al baile: ¿Te figuras que por la falta de peineta quedo sin bailar? Te desengañarás que yo bailo sin peineta lo mismo que con peineta. Sígueme: me verás bailando con él.