La peineta calada

La peineta calada

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Todavía la vieja no había comprendido nada, porque Rosario en su delirio no atinaba a explicarse, ni era tampoco ocasión aquella de perder el tiempo en explicaciones. ¿A qué pronunciar, por otra parte, el nombre de la persona que se suponía matada, o herida, si siempre presente en su corazón, creía que a los demás, y con mayor razón a su madre, debía suceder lo mismo? ¿ Por quién sino por su amante haría ella aquellos extremos de dolor? ¿Cuando el supuesto agresor le anunció la desgracia, pronunció el nombre de alguna persona? ¿Necesitó Rosario oírlo para convencerse que su amante había sido la víctima? Sin embargo, harto se nos alcanza, que esta torpeza de comprensión, indisculpable en la vieja, a quien debemos suponer enterada "de la vida y milagros" de la hija, es disculpable y mucho en el lector, pues no se halla en el mismo caso. Esto debíamos tener en consideración para revelar el nombre de la misteriosa persona que creían muerta; pero no habiéndolo hecho ni el desconocido que llamaban Liborio, ni Rosario, nosotros nos guardaremos de ello, al menos por ahora. Bien que, por otra parte, ¿ qué ganaría el discreto lector con que nosotros en este punto se lo revelásemos, si todavía ignora los hechos y los antecedentes que le hacían digno de las lágrimas de Rosario? Lo que nos toca al presente decir, es dónde se encaminaron ésta y seña Caridad, y cuál fue el resultado de sus pesquisas en aquella aciaga noche. Pero… otro pero; ya está por hoy llena la tarea que nos hemos impuesto voluntariamente al escribir para el público, y hasta nuevo capítulo nos despedimos de los curiosos que hayan tenido la majadería de seguirnos paso a paso.


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