La peineta calada
La peineta calada –¡Cuidado que suceden cosas incomprensibles y extraordinarias en el mundo! –prosiguió la vieja en el tono en que rezaba sus oraciones, arrastrándose más bien que andando detrás de su hija, a la manera de un queche holandés remolcado por un buque de vapor–. Liborio se despidió de nosotras a las ocho en casa: salimos en compañÃa de don… (aquà dijo un nombre que no le entendimos), al bajar a la muralla se quedó un poco atrás: de repente nos asaltan dos pÃcaros rateros, le arrebatan la peineta a mi hija, y es Liborio quien se la trae hecha dos pedazos, habiendo sido nuestro compañero el perseguidor de los ladrones. ¿Conque uno es el que persigue y otro el que trae la cosa robada? ¿Dónde se hallaba Liborio? ¿Dónde ha ido el perseguidor? ¡Vaya, vaya, que yo no habÃa visto de esto en mi vida! ¡Rosarito! –gritó adelgazando la voz para que resonara más aguda, pues tanto se habÃa adelantado la muchacha, y tales eran las sombras de la calle, que ya sólo divisaba los reflejos que hacÃa su vestido de raso, cuando acontecÃa que pasaba cerca de algún moribundo farol–. ¡Rosarito! –repitió probando a correr, pero a los pocos pasos tropezó en una piedra, y fue rodando hasta caer boca abajo en mitad de la calle.
Del golpe la pobre Chirinos quedó aturdida y sin poderse levantar en gran rato.