La peineta calada

La peineta calada

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Así que Andrés se vio enteramente bueno y en disposición de trabajar, que fue a los quince días de su desgracia, volvió a la peinetería donde su presencia era tan necesaria. Cuando salía por las mañanas temprano, acompañábalo Dolores al pie de la escalera, allí se despedía de él hasta la tardecita, con muchos suspiros y abrazos, como una amante que la obligan a separarse de su amado por tiempo indefinido; de allí no se movía hasta que Andrés doblaba la esquina y le decía adiós con el pañuelo o la mano, y siempre, durante el día, bajo cualquier pretexto encargaba a la ramilletera que antes de volverse a casa, pasase por el establecimiento donde trabajaba Andrés y le viese y le diese memorias suyas.

¡Oh! ¡Qué verdad es que sólo las mujeres sencillas y de un corazón recto comprenden la poesía del amor, aquella poesía que no está, no en los grandes sacrificios únicamente, sino en las cosas más triviales, más insignificantes de la vida! ¡Poesía que se siente y no se aplica, que se goza y no se canta! ¿Qué le faltaba a Dolores para poseer la felicidad, la sola felicidad que es dable al hombre sobre la tierra, la felicidad de amar y creerse correspondido? Nada ciertamente. ¿Pero quién puede vanagloriarse de haber sujetado la inconstante rueda de la fortuna?


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