La peineta calada
La peineta calada Cuando se presentó Andrés en la sala, como no habían encendido la luz y como no encontrase a su esposa al pie de la escalera ni en la meseta, como otros días, pues se hallaba entonces sentada en un rincón del cuarto, preguntó por ella a doña Margarita; ésta se la indicó, corrió a su lado con los brazos abiertos y habiéndola colmado de caricias, le dijo entre risueño y alegre: –¿Qué tienes? ¿Te has puesto brava porque hoy me he tardado un poco más que ayer? ¿Hasta cuándo has de ser niña? ¿Me detengo yo por mi gusto, o porque me fuerzan? Vamos, no seas boba, aquí me tienes. Alégrate, sonríeme como siempre, como esta mañana cuando me dijiste adiós, "adiós, hasta la tarde". ¿Te acuerdas?
La única respuesta de nuestra afligida joven fue verter un mar de lágrimas. «¿Cuándo Andrés me ha manifestado tanto cariño?», pensó ella sin acordarse acaso de la tarde anterior, en que le prodigó los mismos abrazos y los mismos besos y las mismas palabras tiernas: pues tan avarientos son los corazones que aman como el de Dolores, que nunca están satisfechos.
«Su propia culpa le vende. Es el remordimiento, no el amor el que le trae a mi seno, a mis abrazos y a mis besos; el remordimiento de haber engañado a una pobre mujer cuyo delito no es otro que amarlo con delirio.»
Por ventura Dolores no andaba muy lejos de la verdad y esto procuraremos aclararlo más adelante, si Dios fuere servido.