Eneida
Eneida Al instante me ciño la espada una vez más, paso por el broquel
del escudo mi izquierda y me lo ajusto asÃ. Y me lanzaba ya fuera de casa
cuando en esto mi esposa abrazada a mis pies se clava en el umbral
675 tendiendo hacia su padre a su pequeño Julo. «Si vas en busca de la muerte
llévanos contigo a que afrontemos cualquier riesgo.
Pero si tu experiencia te da alguna esperanza en las armas que has ceñido,
defiende antes que nada tu casa. ¿A quién le dejas tu pequeño Julo?
¿A quién tu padre y esta que en otro tiempo llamabas tu mujer?»
Gritando asà llenaba con sus gemidos la morada entera.
680 De improviso sobreviene un prodigio —maravilla decirlo—.
Entre las mismas manos y el rostro de sus padres afligidos
una tenue lengüeta de fuego parecÃa
despedir resplandores por sobre la cabeza de Julo y sin causarle daño
iba lamiendo el suave cabello con su llama y tomaba pábulo