Eneida
Eneida en torno de sus sienes. Nosostros asustados temblábamos de miedo
685 y sacudíamos sus cabellos en llamas y con agua apagábamos el fuego milagroso.
Pero mi padre Anquises alzó alegre a la altura la mirada
y tendiendo a los cielos las manos y la voz: «Omnipotente Júpiter,
si te dejas mover de ruego alguno, míranos, esto sólo te pedimos
690 y si nuestra bondad se lo merece, danos luego una prueba de tu agrado,
y confírmanos, padre, este presagio».
Apenas el anciano dijo esto, de repente sonó el fragor de un trueno
por la izquierda e irrumpió desde el cielo una estrella
y deslizándose a través de las sombras pasó veloz tendiendo
una antorcha de fuego, dejando en pos un reguero de luz.
695 La vimos deslizarse encima del tejado de la casa
y ocultarse en el bosque del monte Ida señalando con su lumbre el camino.
El prolongado surco queda vertiendo luz