Eneida
Eneida y en un ancho contorno despide una humareda de azufre.
Entonces sà se da mi padre por vencido. Se yergue vuelto al cielo
y saluda a los dioses y se pone a adorar la estrella santa.
700 «Ya sà que no hay espera. Os sigo. A donde me guiéis, allà estoy presto.
¡Dioses de nuestros padres, salvad mi casa y mirad por mi nieto!
Ese presagio es vuestro. Troya está a vuestro amparo.
SÃ, me pongo en camino, hijo; no me resisto a acompañarte».
Deja de hablar. Ya se percibe más intenso el crepitar del fuego
705 por la ciudad y las llamas van rodando más cerca su ardiente borbollón.
«Ea, padre querido, monta sobre mi cuello. Te sostendré en mis hombros.
No va a agobiarme el peso de esta carga. Y pase lo que pase,
uno ha de ser el riesgo, una la salvación para los dos.
710 Que a mi lado venga el pequeño Julo
y que mi esposa vaya siguiendo aparte nuestros pasos.
