Eneida
Eneida ¿A qué crimen no fuerzas el corazón del hombre, maldecida sed de oro?
Cuando el pavor me deja libre el alma
elijo a algunos próceres de mi pueblo, ante todo a mi padre,
y les doy cuenta del aviso divino. Y les pido consejo.
60 Todos son del mismo parecer: Salir de aquella tierra criminal,
abandonar un lugar que profana la ley de la hospitalidad y dar al viento nuestras velas,
Rendimos a Polidoro nuevas honras fúnebres,
hacinamos más tierra sobre el cerro, erigimos altares a los Manes[60]
que enlutamos con ínfulas oscuras y con negro ciprés.
65 Están alrededor las mujeres troyanas, suelta la cabellera como es norma.
Ofrecemos los cuencos espumantes de tibia leche y copas con la sangre sagrada
y encerramos su espíritu en la tumba y dando una gran voz
le despedimos con el último adiós.
Tan pronto como el mar nos inspira confianza
70 y el viento se nos brinda sosegado y el Austro nos invita a alta mar