Eneida
Eneida y entramos en su casa. Yo estaba venerando al dios del templo que se alzaba
85 sobre vetusta roca. «Danos tú, dios timbreo[62], albergue propio,
dale a nuestra fatiga recinto amurallado,
y danos descendencia y una ciudad que dure para siempre.
Guarda el nuevo baluarte de Troya con los restos que han dejado los griegos
y el implacable Aquiles. ¿A quién seguimos? ¿Dónde nos mandas ir?
¿En dónde fijar nuestra morada? ¡Danos, Padre,
tu augurio e inspira nuestras almas!»
90 Acababa de hablar cuando de pronto todo parece estremecerse,
los umbrales, el lauredal del dios, y retemblar el monte entero en derredor,
y abierto lo más íntimo del templo, romper en un mugido el trípode[63].
Sumisos nos postramos en tierra y nos llega esta voz a los oídos:
«Sufridos descendientes de Dárdano,
la tierra primera en ver brotar la estirpe de vuestros ascendientes
95 será la que os acoja en su fecundo seno a vuestra vuelta.