Eneida
Eneida y Oléaro y Paros blanca como la nieve,
y las islas Cícladas esparcidas por el mar,
salvamos los estrechos espumantes sofrenados entre unas y otras tierras.
Y surge la algazara marinera con que acucia cada uno a los demás.
Y los míos apremian vocingleros.
«¡Rumbo a Creta, a la tierra de los antepasados!»
130 Nos acompaña el viento que va soplando a popa. Al fin nos deslizamos
por la antigua costa de los Curetes[66]. Y me entrego afanoso
a amurallar nuestra ciudad soñada. Y la llamo Pérgamo.
Y exhorto a mi gente, ufana de su nombre, a que ame sus hogares
Y y que alce la tutela de un alcázar.
135 Habían ya varado sus naves en la playa,
y estaba ya ocupada la mocedad en bodas y en labrar su nueva tierra
y yo les iba dando sus leyes y viviendas. De pronto se corrompe el haz del aire
y de él nos viene pestilencia ponzoñosa, plaga de lastimosa mortandad,
que ataca nuestros cuerpos y que arrasa árboles y sembrados.