Eneida
Eneida 110 Vivían en el fondo de los valles.
De allí vino la madre, la que mora en Cibeles,
y los címbalos que agita el coribante[65], y el bosque Ida, de allí el silencio fiel
que guarda sus misterios y el tiro de leones sometidos al carro de la diosa.
¡Ánimo, pues! Sigamos el camino que nos traza la voluntad divina.
115 Aplaquemos los vientos y tendamos el rumbo hacia el reino de Gnosos.
No dista largo trecho. Si Júpiter nos vale, al tercer día fondearán las naves
en las playas de Creta». Dice y en los altares sacrifica las víctimas debidas,
al dios Neptuno un toro, y otro a ti, hermoso Apolo,
y una oveja negra a la tempestad y una blanca a los Céfiros propicios.
120 Va volando el rumor de que su jefe Idomeneo
ha sido desterrado de los reinos paternos, que la costa de Creta está desierta,
que están sus casas libres de enemigos y que están esperándonos vacías.
Dejamos, pues, el puerto de Ortigia y tendemos el vuelo por el mar.
125 Y costeamos Naxos con sus cumbres sonoras de bacantes y la verde Donusa