Eneida
Eneida con su contacto inmundo. Nos aturden sus gritos repulsivos y su fétido olor.
Esta vez instalamos las mesas en lugar retirado, al abrigo de socavada peña,
230 cerrada en derredor por las hórridas sombras de los árboles.
Avivamos el fuego en los altares.
Y por segunda vez desde el confín opuesto del cielo va saliendo
Y de sus antros la turba vocinglera y en torno de la presa
Y revolotea con sus corvas garras e impregna
los manjares con sus labios. Doy órdenes entonces a mis hombres
235 de que empuñen las armas. Es fuerza hacer la guerra a aquella odiosa plaga.
Cumplen lo que les mando. Emplazan en la yerba ocultas las espadas
y esconden de la vista los escudos. Y cuando al deslizarse
va resonando por la curva playa el eco de su estruendo,
da la señal Miseno de su alto miradero con su cóncavo bronce.
240 Arremeten los nuestros y ensayan un insólito combate,