Eneida
Eneida atravesar a hierro aquel inmundo tropel de aves marinas.
Pero se embotan los golpes en sus plumas y son invulnerables sus espaldas.
Y huyendo en raudo vuelo hacia la altura dejan medio roídos los manjares
245 con la señal de sus impuras huellas.
Queda sólo, posada en lo más alto de una peña,
Celeno, la aciaga profetisa, y prorrumpe su pecho en estos gritos:
«¿Queréis hacemos guerra, hijos de Laomedonte,
en pago de los toros degollados y de nuestros novillos abatidos
y queréis arrojarnos de nuestro reino patrio
250 inmerecidamente? Pues cuidad de acoger y grabar en la mente mis palabras;
las que predijo a Apolo el Padre omnipotente,
que a mí me transmitió Febo Apolo
y que yo, la mayor de las Furias, os revelo a vosotros. Os dirigís a Italia.
Invocando a los vientos lograréis arribar a sus puertos.
255 Mas no conseguiréis amurallar la ciudad prometida sin que un hambre cruel,