Eneida
Eneida y Duliquio y Same y Nérito, la de escarpadas rocas. Conseguimos huir
de los escollos de Ítaca, donde reinó Laertes; maldecimos la tierra que crió
al cruel Ulises. Pronto se abren también a nuestra vista los nebulosos picos
275 del monte de Leucate y su templo de Apolo, terror de los marinos.
Agotados tendemos hacia allí. Vamos llegando a la parva ciudad.
A proa el ancla, las popas quedan fijas en la orilla.
Al vernos dueños al cabo de una tierra no esperada ofrecemos a Júpiter
los dones de purificación y quemamos ofrendas en las aras
280 y en la ribera de Accio celebramos los juegos de Ilión.
Ungidos de óleo los desnudos cuerpos, mis hombres se ejercitan en las luchas.
Les alegra haber dejado atrás tantas ciudades griegas
y haber logrado abrirse camino entre las tropas enemigas.
El sol remata en tanto su vuelta al amplio círculo del año