Eneida
Eneida Cuando desazonado, allá a las ondas de remoto río,
al pie de las encinas de su orilla halles una gigante cerda blanca[76]
390 tendida en tierra, madre de treinta lechoncillos
también blancos, apiñados en torno de sus ubres, ése será el solar de la ciudad,
ése el descanso cierto a tus fatigas. Y no te espante
clavar luego los dientes en sus mesas. Ya encontrarán los hados camino para ti
395 y Apolo acudirá cuando le llames. Huye tú de esas tierras
y esas playas de la costa de Italia vecinas a nosotros,
que baña la marea de nuestro mismo mar.
Pueblan aviesos griegos todas esas ciudades.
Allí plantaron sus murallas los locrios de Naricio
400 y cercó con sus huestes los llanos de Salento Idomeneo el de Licto.
Allí está la famosa ciudad de Filoctetes, el capitán de Melibea,
—la pequeña Petelia apoyada en su muro—.
Y cuando allende el mar fondee allí tu flota