Eneida
Eneida abrasado por el rayo y que, a la masa imponente de Etna
apilada sobre él, le brotan por las grietas de sus hornos, las llamaradas
580 que el gigante espira. Y cuantas veces gira de cansancio el costado,
Trinacria entera tiembla rezongando y cubre un cendal de humo todo el cielo.
Aquella noche ocultos en un bosque soportamos el horrendo portento
sin conocer las causas del estruendo, pues ni ardían los fuegos de los astros
585 ni la cima del aire se encendía de estrellas.
Sólo nubes tendidas por el sombrío cielo.
La honda noche retenía a la luna en el velo de una nube.
Y ya apuntaba el día con la primera estrella mañanera y ya la aurora
Y había descorrido la húmeda sombra por el haz del cielo, cuando de pronto
590 avanza desde el bosque una extraña figura de hombre, un desconocido
de extrema delgadez, de aspecto que movía a compasión. Se dirige a la orilla
extendidas las manos suplicantes. Volvemos la cabeza. Espantosa su mugre,