Eneida
Eneida Así habló y abrazando mis rodillas se estrechaba contra ellas dando vueltas y vueltas.
Le instamos a que diga quién es, de qué origen procede, que confiese
610 a qué trances le viene sometiendo la fortuna. Mi mismo padre Anquises
sin detenerse más, le da la mano y le conforta el ánimo con su gesto benévolo.
Él, deponiendo al cabo su terror, habla así: «Soy de la tierra de Ítaca,
compañero del desdichado Ulises. Mi nombre es Aqueménides. La pobreza
615 de mi padre Adamasto —¡ojalá hubiera yo seguido como entonces!—,
me mandó a la guerra de Troya. Aquí mis compañeros
mientras precipitados huían del albergue cruel, olvidados de mí,
me abandonaron allá en el antro inmenso del Cíclope[82]. Es guarida de podre
y de carnes sangrantes. Por dentro tenebrosa, interminable. Él, gigantesco,
620 su altura toca a las estrellas, —¡dioses, llevaos lejos de la tierra tal peste!—.
Repele a quien lo mira. Nadie puede acercarse a hablar con él.