Eneida
Eneida Acogemos a bordo al suplicante que bien se merecía su rescate[84].
Y en silencio cortamos las amarras y porfiamos
Y en batir las olas volcados en los remos.
670 Él se apercibe y vuelve los pasos hacia el lado de las voces, pero como no puede
asirnos con su mano, ni yendo tras nosotros parearse a las ondas
del mar Jonio, lanza un bramido inmenso que hace temblar el Ponto
con todo su oleaje y empavorece lo hondo de la tierra de Italia
y remuge el Etna en sus corvas cavernas.
675 La tribu de los Cíclopes, sobresaltada, irrumpe de los bosques
y lo alto de los montes hacia el puerto y va cubriendo la ribera.
¡Vemos a los hermanos del Etna plantados allí en pie, impotentes,
con su ojo torvo, erguidas las cabezas hacia el cielo! ¡Horrendo cónclave!
680 Igual que cuando un corro de encinas o cipreses coníferos se empina
en la cima de un monte con sus copas enhiestas por el aire
allá en los altos bosques de Júpiter o en el sacro recinto de Diana.