Eneida
Eneida se echa sobre el diván que él ha dejado.
Ausente de él está escuchando y está viendo al ausente.
O retiene en su regazo a Ascanio prendada su alma del parecido con su padre
85 por si logra engañar así un amor imposible de expresar con palabras[96].
Ya no se alzan las torres comenzadas,
ni se adiestran los mozos en las armas, ni se aprestan los puertos y fortines
de defensa en la guerra; quedan interrumpidos los trabajos
y la ingente amenaza de los muros y está inmóvil
la grúa que se erguía hasta el cielo.
90 Cuando la amada esposa de Júpiter ve a Dido presa de pasión tan maligna
y que ya ni el cuidado de su fama frena su frenesí,
se dirige a Venus y así le dice la hija de Saturno:
«¡Espléndida alabanza, en verdad, y copioso el botín que cobráis tú y tu niño!
¡Excelso y memorable vuestro poder divino! Habéis logrado vencer a una mujer
95 con la astucia de dos divinidades. Tampoco se me escapa que te inspiran recelo