Eneida
Eneida de Italia y la tierra romana”». Habla así el dios Cilenio
y, mientras habla, se hurta de la vista mortal
y se aleja de sus ojos y se disipa en las delgadas auras.
Enmudece Eneas a su vista, se queda sin sentido, se le erizan de espanto
280 los cabellos, se le pega la voz a la garganta,
arde en deseos de huir, de abandonar aquella dulce tierra,
atónito ante el golpe del aviso y el mandato divino.
Pero, ¡ay! ¿Qué puede hacer? ¿Con qué palabras va a atreverse a abordar
el frenesí amoroso de la reina? ¿Por dónde va a empezar? El alma se le va
285 desalada ahora aquí, ahora allí, y forma raudo varios planes
y va girando en todas direcciones.
En su perplejidad, estima preferible esta medida.
Convoca a su presencia a Mnesteo y Sergesto y al valiente Seresto;
les ordena que apresten la flota con sigilo y reúnan a la gente en la orilla,