Eneida
Eneida llamea el manto de púrpura de Tiro, don del fasto de Dido.
Ella había entretejido la púrpura de tenues hilos de oro.
El dios le aborda al punto: «¡Con que, esposo modelo,
estás poniendo los cimientos de la altiva Cartago,
265 edificando una hermosa ciudad, ay, olvidado
de tu propio reino y tu propio destino!
El mismo dios que impera sobre todos los dioses me envía a ti de lo alto
del esplendente Olimpo, aquel que a su albedrío hace girar el cielo y tierra.
270 Él es el que manda a través de las brisas volanderas transmitirte estas órdenes:
“¿Qué tramas? ¿Qué esperanza te mueve a malperder tu vida ocioso
en estas tierras libias? Si la gloria de tan altas empresas no te incita
ni abrazas sus fatigas acuciado por tu propia alabanza,
275 pon los ojos al menos en Ascanio, que se va haciendo mozo,
en la promesa de Julo, tu heredero, a quien se debe el reino