Eneida
Eneida del incansable Atlante[102], el que sostiene en su cerviz el cielo, de Atlante
al que le ciñen sin cesar negras nubes la cabeza arbolada de pinos,
batida de vientos y borrascas. La nieve copo a copo
prende un manto a sus hombros mientras rompe
250 en raudales su mentón senescente y eriza su hórrida barba el hielo.
Planeando sus alas se posa allí primero el dios Cilenio. Lanza de allí a las olas
veloz la mole entera de su cuerpo, como el ave marina
que rondando la orilla en torno de las peñas
donde tienen los peces su querencia,
255 vuela rasando con el ala el agua. Así entre tierra y cielo
tiende el vuelo Cilenio, rasgando el viento
a la arenosa Libia desde el monte de su abuelo materno.
Al instante en que posa allá en las chozas sus aladas plantas
260 divisa a Eneas cimentando el alcázar y alzando nuevas casas.
Constela fulvo jaspe el arriaz de su espada; colgado de sus hombros