Eneida
Eneida a su ley. Si la gloria de tan grandes empresas no le enciende,
si no carga con ellas a su espalda por su propio renombre,
¿es que quiere legar los baluartes de Roma a su hijo Ascanio?
235 ¿Qué trama? ¿Qué esperanzas le mueven a quedarse en pueblo enemigo
sin cuidar de sus propios descendientes ausonios y los campos de Lavinio[101]?
¡Que se haga al mar! Es todo lo que tengo que decir, es el mensaje
que tienes que llevarle de mi parte». Dice. Mercurio se dispone a cumplir
lo que le manda su excelso padre. Empieza por ajustarse los talares de oro
240 a sus pies que le llevan como alas sobre el mar
o la tierra a par del raudo viento,
y empuña el caduceo con que saca del Orco a las pálidas almas
o las manda al Tártaro sombrío, con el que da y con el que quita el sueño
y descorre los ojos de los muertos. Acucia con su ayuda a los vientos y surca
245 los revueltos nublados. Ya columbra en su vuelo la cresta y el erguido costado