Eneida
Eneida de su mitra frigia, señorea su presa, mientras yo, por supuesto,
sigo ofreciendo dones en tu templo y avivando lo inane de tu fama».
Mientras oraba así y estrechaban sus manos los altares,
220 le oyó el Omnipotente y giró su mirada a la ciudad de la reina,
hacia los amantes olvidados de su noble renombre. Se dirije a Mercurio
y le da esta orden: «¡Ea, vete, hijo mío, llama al Céfiro, y volando
deslízate a presencia del caudillo dardanio, que ahora está entretenido
225 en la Cartago tiria y no vuelve la vista a las ciudades que le asignó el destino!
Háblale, lleva raudo mi encargo por los aires. No fue, por cierto, así
como su madre, la diosa más hermosa,
me prometió obraría, ni lo salvó para eso
dos veces de las armas de los griegos. Fue para que rigiera a Italia,
que en su seno porta imperios y prorrumpe
en bramidos de guerra, para que propagara
230 la estirpe de la noble sangre teucra y sometiera el orbe entero