Eneida

Eneida

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La sangre de las víctimas empapaba su suelo.

Lucían sus dinteles floridos de guirnaldas de variados colores.

Éste fuera de sí, la amarga nueva le encendía el alma,

ante los altares, en presencia del divino poder, dicen que muchas veces

205 oró a Júpiter elevando las manos suplicantes: «Omnipotente Júpiter,

en cuyo honor el pueblo mauritano,

tendido en sus festines sobre bordados lechos,

vierte el don de Leneo, ¿ves lo que ocurre?

¿En vano. Padre mío, nos empavorecemos

ante ti cuando blandes el rayo? ¿Es fuego sin objeto

entre las nubes o fragor inane

210 lo que nos llena de terror el alma? Esa andariega mujer

que ha fundado en mis lindes, pagándolos, una exigua ciudad, a la que ha dado

una playa que arar y leyes que acatar, me ha rechazado como esposo

y recibe en su reino a Eneas como dueño. Y ahora ese nuevo Paris

215 con su corro de eunucos, el de mentón y rizos olorosos ceñidos por las cintas


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