Eneida
Eneida a aquellos compañeros que han perdido. No saben si esperar o si temer;
si creer que están vivos o si han sufrido el trance final
y no pueden oír ya su llamada. Y más que nadie, el buen Eneas gime a solas
220 por la desgracia del brioso Orontes,
por la suerte de Amico, por el cruel hado de Lico,
por el del bravo Gías y el del bravo Cloanto. Terminaba ya todo
cuando avistando Júpiter desde lo alto del cielo el haz del mar,
volandero de velas y las tierras tendidas a sus pies y las costas
225 y el ruedo de los pueblos, se detiene en la cima del cielo
y fija la mirada en el reino de Libia.
Mientras va dando vueltas en su alma a sus cuidados,
Venus entristecida —las lágrimas le enturbian la lumbre de sus ojos—,
le dice: «Tú, que el mundo de los dioses y los hombres
gobiernas con tu eterno poder y aterras con tu rayo,