Eneida
Eneida igual que las hormigas, cuando pensando en el invierno, asaltan
un gran montón de grano y lo ensilan en sus trojes.
Va avanzando la negra hilera por el llano. Acarrean la presa entre la yerba
405 por angosta vereda. Unas van arrastrando a viva fuerza en hombros
grandes granos. Otras forman las filas y acucian a las tardas.
Hierve de actividad toda la senda. ¿Qué sentirías, Dido, contemplándolos?
¿Qué gemido exhalaba tu pecho cuando de lo alto del alcázar
410 columbrabas su hirviente trajinar por el haz de la orilla
y percibías ensordecerse en ronco griterío a tu vista la lámina del mar?
¡Perverso amor! ¿A qué trances no obligas al corazón humano?
Una vez más se ve forzada a acudir a las lágrimas,
a ensayar los ruegos otra vez,
a someter su orgullo suplicante a su pasión,
415 por no dejar recurso sin probar ni acudir a una muerte innecesaria.