Eneida
Eneida «¡Ana! ¿Ves el tropel que se apresura allá a lo largo de la playa?
Han acudido allí de todas partes. Ya las velas están llamando al viento.
Ya han ceñido a las popas, gozosos, los marinos las guirnaldas.
Si he tenido fuerzas para prever tan gran dolor, hermana,
420 también tendré el valor de soportarlo. Hazle, Ana,
a mi desgracia este único favor,
pues sólo a ti ese pérfido te atiende, sólo a ti te confia sus íntimos secretos.
Tú sola conocías la traza y la ocasión de acceso fácil a él.
Ve, hermana, habla sumisa a nuestro altivo enemigo.
Yo nunca conspiré con los dánaos
425 para arrumbar a la nación troyana ni mandé mi flota en Áulide hacia Pérgamo
ni aventé de su tumba las cenizas ni el espíritu de su padre Anquises[107].
¿Por qué, pues, se niegan a acoger mis ruegos sus impíos oídos?
¿A dónde se apresura? Que conceda a su amante infortunada este último favor: