Eneida
Eneida 430 que espere la ocasión propicia para huir, a que soplen los vientos favorables.
Ya no le pido el vínculo anterior del matrimonio, que él ha traicionado,
ni que prescinda del hermoso Lacio ni renuncie a su reino.
Pido un plazo de tregua, de reposo que calme mi delirio,
mientras le enseña a mi alma vencida la fortuna a rendirse al dolor.
435 Ésta es la última gracia que le pido (compadece a tu hermana).
Si me la otorga le pagaré la deuda con creces en mi muerte».
Tal era el ruego de Dido, el que transmite la infortunada hermana
a Eneas entre lágrimas una vez y otra vez.
Pero a él no le conmueve llanto alguno
ni hay ruego a que se allane. Los hados se lo impiden; cierra el cielo
440 a la clemencia los oídos de Eneas. Como cuando los vientos de los Alpes
porfían en descepar con sus embates por un lado y por otro
a una encina cuajada a fuerza de años.
Resuena su crujido, alfombran con sus hojas