Eneida
Eneida ¡Hermana, has sido tú, vencida por mis lágrimas, quien primero
has cargado de desdichas a mi alma enloquecida,
y me has puesto a merced de mi enemigo!
550 ¡No haber podido yo vivir libre del yugo del amor una vida sin reproche
como los animales salvajes! ¡No haber cumplido la promesa
que empeñé a las cenizas de Siqueo!» En tan hondos lamentos
prorrumpía el corazón de Dido.
Eneas entre tanto, decidido a partir, todo a punto, dispuesto ya para el viaje
555 dormía en la alta popa de su nave. Se le aparece entonces
en sueños la visión del mismo dios. Volvía con el mismo aspecto de antes.
Era en todo semejante a Mercurio, en la voz, en la tez,
en los rubios cabellos y en la lozana juventud del cuerpo.
Parecía de nuevo amonestarle: «¡Hijo de diosa!
560 ¿Eres capaz de conciliar el sueño en este trance? ¿No estás viendo los peligros