Eneida
Eneida prestos a descargar sobre ti, insensato, ni sientes
el soplo favorable de los céfiros? Ella maquina ardides y una horrenda maldad,
decidida a morir, y alza en su alma incesante marejada de cólera. ¿No te apresuras?
565 ¿No huyes raudo de aquí? Pronto verás el mar rebosante de naves
y el fulgor de horrendas teas, y arder la orilla en borbollón de llamas
si te sorprende el alba en esta tierra. ¡Ea, no esperes más!
570 La mujer siempre es un ser voluble y tornadizo».
Dijo y se diluyó en la negra noche.
Entonces sí que Eneas se aterra por la súbita visión. Se arranca al sueño
y urge a sus compañeros: «¡En pie, presto, remeros,
a los bancos! Soltad raudos las velas.
Otra vez un dios mandado desde el alto cielo nos apremia a apresurar la huida
575 y a cortar las trenzadas amarras. Te seguimos a ti, santa deidad,
quien seas; otra vez obedecemos gozosos tu mandato.