Eneida
Eneida Ven, préstanos propicia tu ayuda y danos el favor de las estrellas
del cielo». Dijo y desenvainó la espada centelleante
580 y con su hoja desnuda cercena la maroma.
Al punto el mismo ardor cunde entre todos.
Lánzanse arrebatados. Dejan atrás la orilla.
Desaparece el mar bajo las velas. Afanosos baten
rizando espumas las olas verdiazules.
Ya irrumpía la Aurora abandonado el lecho azafranado de Titono
585 y empezaba a esparcir sus nuevos rayos por el haz de la tierra.
Al punto en que la reina ve alborear de su atalaya el día
y alejarse la flota, las velas a la par firmes al viento
y contempla desierta la ribera y el puerto sin remeros,
hiere su hermoso pecho tres veces, cuatro veces,
590 y mesándose su rubia cabellera: «¡Oh Júpiter! ¿Se irá este advenedizo
haciendo escarnio de mi reino? —prorrumpe. ¿Y no corren los míos a las armas
y no salen de toda la ciudad a perseguirle
y no arrebatan las naves de los diques? ¡Ea, presto, las teas! Traed dardos,