Eneida

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con la ínfula sagrada. Pienso acabar los ritos a Júpiter Estigio

que tengo, como cumple, preparados y que ya he comenzado, y poner término

640 a mis penas entregando a las llamas la pira de ese dárdano».

Así habla. La nodriza, con premura de anciana, aviva el paso.

En tanto, Dido temblando, arrebatada por su horrendo designio,

revirando los ojos inyectados en sangre, jaspeadas las trémulas mejillas,

pálida por la muerte ya inminente, irrumpe por la puerta en el patio del palacio

645 y sube enloquecida a lo alto de la pira y desenvaina la espada del troyano,

prenda que no pidió con ese fin. Después que contempló

los vestidos traídos de Ilión y el conocido lecho, llorando se detuvo

un momento en sus recuerdos. Luego se echó de pechos sobre el tálamo

650 profiriendo estas últimas palabras: «¡Dulces prendas un tiempo,

mientras el hado y Dios lo permitieron[115],

tomad mi alma y libradme de esta angustia!


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