Eneida
Eneida 245 donde por nueve bocas irrumpe haciendo retumbar el monte
y avanza su corriente impetuosa y anega la campiña en su oleaje resonante.
Allí fundando la ciudad de Padua fue a asentar a sus teucros
y dio nombre a su pueblo, y allí colgó las armas de Troya.
Y sosegado ahora, descansa allí en plácida paz.
250 Nosotros, sangre tuya, a quienes das entrada en la celeste altura,
después de haber perdido nuestras naves, indecible baldón,
y todo por el odio de una sola, somos traicionados
y se nos lanza lejos de las costas de Italia.
¿Es éste el galardón que das a la virtud? ¿Así nos restituyes nuestro mando?»
El padre de los hombres y los dioses, sonriéndole con aquella sonrisa
255 que serena cielos y tempestades, posa apenas sus labios en los labios de su hija
y le habla así: «Ahórrate tus temores, señora de Citera;
el destino de los tuyos permanece invariable;