Eneida
Eneida Pone allí padre Eneas como linde la verde meta de frondosa encina.
130 Desde ella han de volver los nautas diestros en girar rodeándola
en su larga carrera. Se sortean los puestos. En las popas de pie los capitanes
deslumbran con sus galas de oro y púrpura. Sombrea fronda de álamo
las frentes de los mozos marineros
135 y su desnudo torso ungido de aceite resplandece.
Se sientan en los bancos. Con los músculos tensos en los remos
esperan avizores la señal. Drena sus exultantes corazones
un temor acuciante y una impetuosa ansia de gloria.
Después, cuando la clara trompeta da su son, todos arrebatados
140 se abalanzan a un tiempo de sus puestos. La grita marinera hiere el cielo.
Al giro de los brazos hacia atrás el mar batido borbollea espuma.
A compás hienden surcos y se abre todo el haz de la líquida llanura
rasgado por los remos y por los esperones de tres dientes.