Eneida
Eneida hienden el haz de las salobres olas.
160 Llegaban ya al peñón, ya alcanzaban el punto donde habían de dar vuelta
cuando Gías, que va en primer lugar y vence ya en mitad de la carrera,
apremia a su piloto Menetes dando voces:
«¿A qué te me vas tanto a la derecha?
Vira hacia aquí. Arrímate a la orilla.
Haz que las palas rocen las rocas de la izquierda.
165 ¡Déjales a los otros la alta mar!» Pero Menetes temiendo los bajíos
tuerce la proa al ancho haz de las olas. «¿A dónde te desvías?»,
le repite. «¡A las rocas, Menetes!», le grita Gías otra vez para hacerle girar,
cuando, ¡ay!, vuelve la vista y ve a Cloanto avanzar a su espalda arrimado a la peña.
Y por dentro, entre la nave de Gías y las rocas resonantes se abre paso
170 rasando su veril por la izquierda y veloz pasa delante del que va en cabeza
y gana el mar abierto dejando atrás la peña. Entonces sí que al mozo
le abrasa un dolor fiero hasta los huesos y el llanto le humedece las mejillas