Eneida
Eneida de Héctor, que yo elegí por compañeros en el trance fatal de Troya!
Sacad ahora aquellas fuerzas, aquel brío que pusisteis en las Sirtes getulas
y el mar Jonio, y cuando os acosaba el oleaje allá en el cabo Málea.
195 Ya no aspira Mnesteo al primer puesto ni lucha por la palma, aunque acaso…
Pero venzan, Neptuno, los que tú has elegido.
Jamás la afrenta de llegar los últimos.
¡Que sea nuestro triunfo, amigos, evitar ese baldón!»
En un supremo esfuerzo se vuelcan en los remos.
La nave de espolón de bronce a sus potentes golpes temblequea.
Huye bajo ella el haz del mar. El jadeo les acucia los miembros
200 y las fauces resecas; va fluyendo a raudales el sudor a lo largo de sus cuerpos.
El azar les depara la gloria deseada; pues Sergesto
al ceñir a la peña la proa enardecido
y penetrar por el angosto espacio que le deja Mnesteo,
el desdichado encalla en un escollo saledizo.
205 A su andanada se estremece el risco