Eneida
Eneida y se astillan los remos al chocar con sus agudos dientes
y la proa cuelga rota en pedazos. Yérguense los remeros a una y rompen
en vivo griterío por la espera y echan mano a las picas de hierro y a los garfios
210 y recogen del mar los rotos remos. Mnesteo en cambio alegre
y aún más enardecido por el favor del lance,
invocando la ayuda de los vientos con su veloz escuadra de remeros
va a buscar la pendiente de las aguas y corre a mar abierto.
Igual que la paloma, espantada de pronto de la cueva donde tiene su albergue
215 y su dulce nidada en un sombroso hueco de la peña,
se lanza a la campiña volandera
y asustada restalla en su recinto sus alas con estrépito,
y se desliza al punto por el aire sereno y va hendiendo el espacio transparente
y no llega a mover sus raudas alas, así salva en su huida Mnesteo y su Dragón
el trayecto final de la carrera, así su ímpetu mismo presta alas a su vuelo.