Eneida
Eneida ostentando sus imponentes fuerzas
y en medio de murmullos unánimes de asombro se adelanta. Él era el único
370 que solía combatir contra Paris, el mismo que a la vera del túmulo
donde Héctor, el excelso, halla reposo,
había derribado a Butes, el gigante vencedor,
ufano de la estirpe bebricia del rey Ámico[132], y le había tendido moribundo
sobre la fulva arena. Así era Dares, el que ahora yergue
375 presto para el combate la cabeza y va ostentando sus fornidos hombros
y adelanta los brazos y dispara el derecho y el izquierdo
y azota el aire con sus golpes.
Se le busca un rival pero no hay entre tantos quien se atreva
a enfrentarse con él y a enfundarse los guantes en las manos.
380 Engreído, pensando que todos renunciaban a la palma
se planta frente a Eneas y sin aguardar más coge de un cuerno
al toro con la izquierda y dice: «Hijo de diosa, si ninguno se atreve