Eneida
Eneida que huye raudo. Redobla los golpes con la diestra
y con la izquierda. No hay tregua ni descanso.
Como nube de granizo que bate crepitante los tejados, tal el turbión de golpes
460 con que tunde y zarandea Entelo a Dares con sus puños.
No puede tolerar padre Eneas que prosiga la cólera de Entelo
ni le ciegue el encono del rencor. Pone fin al combate
y rescata al extenuado Dares y trata de consolarle así: «Desventurado,
465 pero ¿cómo ha podido adueñarse de ti tamaña insensatez?
¿No ves que es una fuerza de otro orden
y que el poder divino se ha vuelto contra ti? Cede a los cielos».
Dice y su voz dirime la contienda. Y se llevan a Dares a las naves
sus fieles camaradas. Arrastra a duras penas las rodillas;
470 bambolea la cabeza abatida; va escupiendo espesa sangre
y dientes mezclados con sus grumos.
Se les llama y reciben el yelmo con la espada. La palma de victoria y el toro