Eneida
Eneida se quedan para Entelo. El vencedor entonces, engreído por el triunfo,
ufano con el toro: «¡Hijo de diosa y vosotros, teucros —prorrumpe—,
475 conoced qué pujanza tendría yo en mis años juveniles y de qué traza
de muerte se ha librado Dares, a quien tenéis ya a salvo con vosotros!».
Dice y se planta firme cara al toro, trofeo del combate, que estaba cerca en pie,
y echando atrás la diestra bien alta descarga el duro guante entre los cuernos
480 y destroza los huesos y hace saltar los sesos. El toro derrumbado cae sin vida
por tierra entre estertores, y Entelo añade exhalando del alma estas palabras:
«Te brindo, Érice, esta vida más noble en vez de la de Dares.
Y depongo aquí ante ti mis guantes y mi arte victorioso».
485 Eneas en seguida invita a los que quieran combatir en el tiro
con las raudas saetas y designa los premios. Con su pujante brío
arbola el mástil tomado de la nave de Sergesto y cuelga una paloma volandera