Eneida

Eneida

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¿No voy a ver ya más un Janto y un Simunte, aquellos ríos de Héctor?

635 ¡Venid, ea, prended fuego conmigo a esas infaustas naves!

Pues en sueños la imagen de Casandra, la adivina,

pareció que me daba unas teas encendidas.

Buscad Troya aquí —dijo—. Aquí tenéis vuestra morada.

Es tiempo ya de obrar.

No admiten dilación tales portentos. Ved estos cuatro altares de Neptuno.

640 Él mismo nos da antorchas y coraje».

Dice esto y se adelanta a arrebatar la llama destructora,

alza el tizón en la diestra bien alto y blandiéndolo forzada lo dispara.

Desconcierta sus mentes, quedan estupefactas las troyanas.

Y una de ellas, la más entrada en años, Pirgo, la que crió

645 tantos hijos de Príamo: «No, troyanas, no es ésta Béroe,

no es la esposa retea de Doriclo. Observad las señales de su gracia celeste,

el brillo de sus ojos, qué aire de majestad, qué semblante,


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